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julio 04, 2017

POEMAS DE LISEL MUELLER


Foto: Lois Shelton


El final de la ciencia ficción

Esta no es una fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
los que no pueden parar a las computadoras.
Somos los dioses capaces de deshacer
el mundo en siete jornadas.

Las dos manos se detienen al mediodía.
Estamos empezando a vivir para siempre
en mamelucos livianos, de aluminio,
con un número estampado en la espalda.
Sintonizamos nuestras palabras como música funcional.
Y nos escuchamos a través del agua.

El género está muerto. Inventen algo nuevo.
Inventen un hombre y una mujer
desnudos en un jardín,
inventen un hijo que va a salvar al mundo,
un hombre que se lleve a su padre
de una ciudad en llamas.
Inventen un carretel de hilo
que conduzca al héroe a un lugar seguro,
inventen una isla donde abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin perder el sueño por esa traición.

Invéntennos como éramos
antes de que el cuerpo nos resplandeciera
y dejáramos de sangrar: 
inventen a un pastor que mate a un gigante,
a una chica que se transforme en árbol,
a una mujer que se niegue a dejar atrás 
el pasado y se vuelva una estatua de sal,
a un hermano que robe la primogenitura 
y se convierta en el líder de una nación.
Inventen las lágrimas verdaderas, el amor imposible,
las palabras antiguas, pronunciadas despacio 
y con dificultad,  como los primeros pasos
que da un chico para atravesar una sala.




A veces, cuando la luz

A veces, cuando la luz incide en un ángulo raro
y te lanza de nuevo a la infancia,

pasás por una mansión en ruinas
oculta detrás de los sauces antiguos 

o por un convento abandonado que  
higueras y abetos custodian codo con codo,

y volvés a saber que detrás de esos muros, 
debajo de la melena sin cortar de los sauces

está pasando algo secreto,
tan fantástico y peligroso

que si te hubieras arrastrado entre ellos a ver
te habrías muerto o serías feliz para siempre.




Inmortalidad

En el castillo de la Bella Durmiente
el reloj marca cien años
y la chica en la torre vuelve al mundo
igual que los sirvientes en la cocina,
sin siquiera restregarse los ojos.
La mano derecha que el cocinero levantó
hace un siglo exacto
completa el arco de su descenso
hasta la oreja izquierda del ayudante de cocina.
Tensas, las cuerdas vocales del chico
por fin dejan salir
la queja atrapada, inextinguible.
Y la mosca, detenida en medio de un clavado
sobre la tarta de frutillas,
completa su misión empecinada
y se zambulle en la cobertura dulce y roja.

De chica tuve un libro
con un dibujo de esa escena.
Era demasiado joven para darme cuenta 
de cómo persiste el miedo y cómo
persiste el enojo, que es la causa del miedo, 
de que su trayectoria no se puede modificar
ni romper, sino solamente  interrumpirse.
Mi atención estaba en la mosca:
en que ese cuerpo leve
de alas transparentes
con la esperanza de vida de un día humano
todavía reclamara su porción
de dulzura un siglo después.



Nombrar a los animales


Hasta que llamó caballo
                                            al caballo,
los cascos no dejaban rastro sobre la tierra,
las crines no se habían inventado,
la gracia y la rapidez no iban unidas en matrimonio.

Hasta que llamó vaca
                                      a la vaca,
nadie durmió de pie,
nadie miró a través de unos ojos opacos,
y la comida se masticaba una vez sola.

Recién después de que llamó pez 
                                                             al pez,
la luz le puso a la piel
aceite amarillo y plata,
revelándose bailarina
y campeona mundial de salto,

así 
tuvo que llamar amor
                                        a la mujer,
antes de poner el conocimiento
de quién era, con sus manos chiquitas.




Las cosas

Lo que pasó fue que crecimos solos
viviendo entre las cosas
así que a la moneda le dimos una cara, 
a la silla una espalda,
a la lámpara un pie firme
que no supiera de fatiga.

Nos calentamos junto al fuego con lenguas
que arden como la nuestra
y colgamos lenguas también en las campanas
para escuchar
su idioma sentimental,

y como adorábamos los perfiles graciosos
el vino tuvo su nariz,
la botella, un cuello largo y delgado.

Incluso lo que estaba más allá 
lo rehicimos a nuestra imagen,
le dimos un corazón a la ciudad,
a la tormenta un ojo,
a la cueva una boca
para poder entrar y estar a salvo.


Monet rechaza la operación

Doctor, usted dice que en París no hay halos
alrededor de las luces de la calle,
que lo que veo es una aberración
causada por la vejez y el sufrimiento.
Yo le digo que me llevó toda la vida
llegar a ver ángeles en las luces de mercurio,
suavizar , difuminar y por último desvanecer
los bordes que usted lamenta que no vea,
aprender que la línea que llamaba horizonte
no existe y que el cielo y el agua,
separados hace tanto, son el mismo estado del ser.
Cincuenta y cuatro años atrás pude ver que la catedral 
de Rouen fue construida
con los ejes paralelos del sol,
y ahora usted quiere que restaure 
mis errores de juventud: las nociones fijas
de arriba y abajo,
la ilusión de un espacio tridimensional,
la glicina escindida
del puente que tapiza.
¿Qué le digo para convencerlo
de que las Casas del Parlamento se disuelven
noche tras noche para convertirse
en el sueño fluido del Támesis?
No voy a volver a un universo
de objetos que se desconocen entre sí,
como si las islas no fueran las hijas perdidas
de un solo gran continente. El mundo
es flujo, y la luz se convierte en lo que toca,
se convierte en el agua y en los lirios de agua,
en el agua de arriba y  la de abajo,
se convierte en las lámparas cerúleas y blancas
lila, malva y amarillo, 
puños pequeños que traspasan la luz del sol
uno tras otro tan rápido
que haría falta un cabello largo y continuo
de mi cepillo para atraparlos.
¡Pintar la velocidad de la luz!
Nuestras formas sopesadas, estas verticales,
quemarlas para mezclar con el aire
y trocar nuestros huesos, piel y ropa
en gases. Doctor,
si usted tan solo pudiera ver 
cómo el cielo empuja a la tierra en sus brazos
y lo infinito del corazón que se expande 
para reclamar este mundo, un vapor azul sin fin.


La risa de las mujeres

La risa de las mujeres prende fuego
los Salones de la Injusticia,
y arden las falsas evidencias
a la luz de una hermosa claridad 

Sacude las Cámaras del Congreso 
y abre bien las ventanas por la fuerza
para sacar volando los discursos fatuos 

La risa de las mujeres les desempaña
los anteojos a los viejos;
los contagia de una gripe feliz
y ell0s se ríen como si volvieran a ser jóvenes 

Los presos de las celdas subterráneas
se imaginan que ven la luz del día
cuando se acuerdan de la risa de las mujeres

Corre en la divisoria de agua
y reconcilia dos riberas hostiles,
como bengala que porta buenas nuevas.

Qué idioma, la risa de las mujeres,
ambicioso y subversivo.
Mucho antes de las escrituras y de la ley 
ya oíamos la risa, entendíamos la libertad.


Lo que quizás escucha el perro

Si un silbido inaudible
salido de nuestros labios
es capaz de mandarlo de vuelta con nosotros,
entonces el silencio es quizás 
el sonido de la respiración de las arañas
y el de las raíces que perforan la tierra.
Tal vez, el del espárrago lanzándose
de cabeza a la luz
y el ruido marrón y largo,
cuando acontece, de las tazas rotas.
Nos gustaría preguntarle al perro
si hay un zumbido constante
mientras el chico crece en la casa,
si la serpiente de veras 
se estira sin un clic 
en toda su longitud y si el sol
se abre paso entre las nubes
sin un decibel de esfuerzo.
Si en otoño, cuando los árboles
agotan sus pozos, hay una vibración
tan aguda que no podemos oírla.
¿Cómo es allá, por encima
del nivel de encendido
de nuestras orejas elementales?
Para nosotros no hubo grito,
el pájaro recién nacido de repente estaba ahí:
el huevo roto, el nido vivo.
Y no escuchamos nada cuando el mundo cambió.




El amor como la sal

Lo tenemos entre las manos en cristales
demasiado intrincados de descifrar

va a la sartén
sin pensarlo dos veces

se vuelca en el piso y es tan fino
que lo pisamos por todas partes 

llevamos una pizca detrás de cada ojo

nos estalla en la frente

lo almacenamos dentro de nuestro cuerpo
en su odres secretos

y en la cena, lo hacemos pasar de mano en mano
mientras hablamos de  las vacaciones y del mar.


Viva y con vos

Hablando de maravillas, estoy viva
y con vos, cuando podría haber estado
viva con cualquier otro bajo el sol.
Cuando podría haber sido la esposa de Abelardo
o la puta de un padre del Renacimiento
o la mujer de un campesino sin mucho que comer 
y sin mucho amor, con mis hijos
muertos por la peste. Podría haber dormido 
en una alcoba al lado del hombre
de la nariz de oro, el que la metía
en los asuntos de las estrellas,
o haber cosido una bandera estrellada
para un general con dientes de madera.
Pude haber sido la ejemplar Pocahontas
o una mujer sin nombre
canjeada por una mula 
llorando por mi esposo en el lecho del Amo, 
con mi hija perdida en una apuesta de borrachos.
Podrían haberme estirado en el poste de un tótem
para aplacar a un dios vengativo
o abandonado en un despeñadero para que muriera  
como una niña inútil. Me gusta pensar que 
pude haber sido Mary Shelley
enamorada de un ángel pertinaz
o una amiga de Mary. Pude haber sido vos.
Este poema es infinito, las probabilidades en contra son infinitas,
y las oportunidades de estar vivos y juntos,
estadísticamente inexistentes.
Y con todo, lo hicimos: vivos en una época
en la que racionalistas de sombrero cuadrado
y testigos de jehová sin sombrero
concuerdan que ya casi se termina,
vivos con nuestros hijos vivaces
que  —por interminables síes—
pudieron haberse perdido de estar vivos,
junto con las maravillas y las locuras
y los anhelos y las mentiras y los deseos
y el error y el humor y la piedad
y los viajes y  las voces y las caras
y los colores y los veranos y las mañanas
y el conocimiento y las lágrimas y el azar.


Por qué contamos cuentos

Para Linda Foster


I

Porque antes teníamos hojas
y los días de humedad
sentimos el tirón, hoy doloroso, 
en los músculos de cuando las raíces
nos aferraban a la tierra

y porque nuestros hijos creen
que pueden volar, conservan el instinto 
de cuando los huesos de los brazos
tenían forma de cítara, antes de romperse
limpiamente debajo de las plumas

y porque antes de tener pulmones
sabíamos lo lejos que quedaba el fondo
mientras con los ojos abiertos flotábamos 
como pañuelos pintados en el escenario
de los sueños, y porque nos despertamos

y aprendimos a hablar


2

Nos sentamos junto al fuego en las cavernas
y como éramos pobres, inventamos la historia
de un tesoro escondido en una montaña
que va a abrirse solo para nosotros

y como siempre nos derrotaban,
inventamos acertijos imposibles
que nada más nosotros podíamos resolver,
monstruos que nada más nosotros podíamos matar,
mujeres que no podían enamorarse de ningún otro
y como sobrevivimos
hermanos y hermanas, hijos e hijas,
descubrimos huesos que surgían
de la tierra oscura y cantaban
en los árboles como pájaros blancos 


3

Porque la historia de nuestra vida
se vuelve nuestra vida

Porque cada uno cuenta
la misma historia
pero la cuenta distinta

y nadie la cuenta
dos veces igual

Porque las abuelas que parecen arañas
quieren embrujar a los chicos
y los abuelos tienen que convencernos
de que lo que pasó, pasó por ellos

y aunque escuchemos al azar, 
con un solo oído,
vamos a empezar el cuento
con la palabra Y



Paul Delvaux: La villa de las sirenas


¿Quién es ese hombre de negro que se aleja
de nosotros hacia el horizonte?
Dicen que el pintor tardó mucho
en encontrar su visión del mundo.

Las sirenas, si es lo que son
debajo de sus polleras largas,
se sientan una enfrente de la otra
calle abajo, más bien un callejón,
delante de sus casas grises y en fila.
Son todas iguales, como una orden
de monjas rubias o como prostitutas
de caras idénticas  y castas.
Qué tranquilas están, con los ojos vacíos y
las manos en el regazo que nada traiciona.
Una sola tiene escamas en el vestido oscuro.

Es 1942, es Europa,
y nada encaja. La única figura conocida
es el hombre de negro que se acerca al mar,
y él es pequeño y se aleja de nosotros.



Ruta turística

Para Lucy, que les decía “las casas fantasmas”


Siempre alguien está yéndose
para no volver.
Las casas de madera esperan como esposas viejas
a lo largo de este camino, están por todas partes,
abandonadas, torciéndose, poniéndose grises.

Siempre hubo alguien que negoció
la belleza solitaria
de los falsos abetos y la costa pedregosa
para sobrevivir, empacó su vida
y escapó a la ciudad.
En los patios, los manzanos
aguantan pero la fruta
crece más chica año tras año.

Cuando volvamos a venir por este rumbo,
los árboles ya van a ser salvajes,
las casas van a haber colapsado sin necesidad
de acción humana que las rompa.
Los campos habrán sido tomados.

Lo que vamos a reconocer 
es el viento, el mismo viento feroz
y sin historia.


Otra versión

Nuestros árboles son álamos pero la gente
los confunde con abedules,
piensan que somos personajes
de una novela rusa, igual que Kitty y Levin
que viven alegremente en el campo.
Los amigos de la ciudad miran cómo comen 
juntos los pájaros y los conejos 
sobre la nieve espesa y blanca.
(Tenemos inviernos rusos en Illinois,
aunque no haya trineos, hay comadrejas en lugar de lobos,
y ningún sirviente fiel nos hace el trabajo.)
En nuestra casa, como en una obra rusa, 
vive un viejo, y es mi papá.
Él se deja ir año a año en cámara lenta,
y la tristeza nos queda atrapada dentro
como una manzana envenenada
que no sube ni baja.
Pero como las tres hermanas, hablamos rara vez 
de lo que a la noche nos mantiene despiertas.
Igual que ellas, nos quejamos de las cosas
que en realidad no importan y hablamos
de los placeres y el futuro:
nos decimos mutuamente que a los sauces
este año el verde se les esfumó muy pronto.



Pesca de la luna

Cuando había luna llena se metían al agua.
Algunos con horquetas, algunos con rastrillos,
algunos con tamices y cucharas,
y uno con una copa de plata.

Y pescaban. Hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
para cazar a la luna tienen que hacer que sus mujeres
se suelten el pelo en el agua—
hasta la luna astuta va a saltar a esa red bamboleante
de hilos que destellan,
va a suspirar y a forcejear hasta que las escamas de plata
caigan negras y quietas a sus pies”.

Y ellos pescaron con el pelo de las mujeres
hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
¿creen que van a cazar a la luna con esa levedad,
con brillos e hilos de seda?
Tienen que cortarse el corazón y usar ese animal oscuro 
de carnada.
¿Qué importa perder el corazón si es para pescar los sueños?”

Y ellos pescaron con sus corazones apretados y calientes
hasta que pasó un viajero y les dijo:
“Tontos,
¿de qué le sirve la luna a un hombre sin corazón?
Vuelvan a ponérselos, arrodíllense
y beban como nunca lo hicieron,
hasta que la garganta se les cubra de plata
y como una campana suene la voz”.

Y ellos pescaron con labios y lenguas
hasta que ya no hubo más agua
y la luna se les escabulló
en el barro blando e insondable.


Cinco para música country


I. Insomnio

El foco de la entrada se enciende y se enciende.
Si fuera una rosa blanca estaría cansada de florecer
otra noche interminable. 

La luna conoce la rutina,
golpea los arbustos de este a oeste
y se queda con las manos vacías. De nuevo lo único
que espera se le escapa a la luna.


II. Plata antigua

Las manos manchadas tiemblan mientran lustran las monedas.

El centavo más brillante va abajo de la lengua,
las dos piezas de plata
pesadas por las pirámides
van a cerrar los ojos.

Todo lo demás es papel,
inútil en cualquier otro mundo excepto en este.


III. Película casera

Ella conoce esos pasos, ese silbido, esa forma de golpear.

Es el lobo negro que mete
la pata enharinada debajo de la puerta.

Trata de no abrir. Una sola mirada 
y se le cae el revólver. Él lo va a levantar
para apuntarle a ella, que espera
con los ojos brillantes y las manos arriba.


IV. Niño bonito

Blanqueado a la cal, los ojos te rechazan.

Y por eso la boca debe estar serena,
los músculos juegan, el cuerpo
adopta una postura fácil

para distraerte de las dos
cámaras clausuradas
donde alguien murió.


V. Día de lavado

Cada año la soga de la ropa pesa menos.
Uno por uno desaparecen
los diez indiecitos. Se llevan las medias,
los vaqueros, las camisas leñadoras.

Arriba del Ford y de los bloques de cemento,
rayado y con cierres
el vestido de algodón se agita sin parar.


Versiones en castellanos de Sandra Toro.






The End of Science Fiction


This is not fantasy, this is our life.
We are the characters
who have invaded the moon,
who cannot stop their computers.
We are the gods who can unmake
the world in seven days.

Both hands are stopped at noon.
We are beginning to live forever,
in lightweight, aluminum bodies
with numbers stamped on our backs.
We dial our words like Muzak.
We hear each other through water.

The genre is dead. Invent something new.
Invent a man and a woman
naked in a garden,
invent a child that will save the world,
a man who carries his father
out of a burning city.
Invent a spool of thread
that leads a hero to safety,
invent an island on which he abandons
the woman who saved his life
with no loss of sleep over his betrayal.

Invent us as we were
before our bodies glittered
and we stopped bleeding:
invent a shepherd who kills a giant,
a girl who grows into a tree,
a woman who refuses to turn
her back on the past and is changed to salt,

a boy who steals his brother's birthright
and becomes the head of a nation.
Invent real tears, hard love,
slow-spoken, ancient words,
difficult as a child's
first steps across a room.



Sometimes, When the Light 

Sometimes, when the light strikes at odd angles
and pulls you back into childhood

and you are passing a crumbling mansion
completely hidden behind old willows

or an empty convent guarded by hemlocks
and giant firs standing hip to hip,

you know again that behind that wall,
under the uncut hair of the willows

something secret is going on,
so marvelous and dangerous

that if you crawled through and saw,

you would die, or be happy forever.


Immortality

In Sleeping Beauty's castle
the clock strikes one hundred years
and the girl in the tower returns to the world.
So do the servants in the kitchen,
who don't even rub their eyes.
The cook's right hand, lifted
an exact century ago,
completes its downward arc
to the kitchen boy's left ear;
the boy's tensed vocal cords
finally let go
the trapped, enduring whimper,
and the fly, arrested mid-plunge
above the strawberry pie
fulfills its abiding mission
and dives into the sweet, red glaze.

As a child I had a book
with a picture of that scene.
I was too young to notice
how fear persists, and how
the anger that causes fear persists,
that its trajectory can't be changed
or broken, only interrupted.
My attention was on the fly:
that this slight body
with its transparent wings
and life-span of one human day
still craved its particular share

of sweetness, a century later. 



Naming the animals


Until he named the horse
                                     horse,
hoofs left no print on the earth,
manes had not been invented,
swiftness and grace were not married.

Until he named the cow
                                     cow,
no one slept standing up,
no one saw through opaque eyes,
food was chewed only once.

Only after he named the fish
                                               fish,
did the light put on skins
of yellow and silver oil,
revealing itself as a dancer
and high-jump champion of the world,

just as later
he had to name the woman
                                     love
before he could put on the knowledge

of who she was, with her small hands.



Things

What happened is, we grew lonely
living among the things,
so we gave the clock a face,
the chair a back,
the table four stout legs
which will never suffer fatigue.

We fitted our shoes with tongues
as smooth as our own
and hung tongues inside bells
so we could listen
to their emotional language,

and because we loved graceful profiles
the pitcher received a lip,
the bottle a long, slender neck.

Even what was beyond us
was recast in our image;
we gave the country a heart,
the storm an eye,
the cave a mouth
so we could pass into safety.


Monet Refuses The Operation


Doctor, you say there are no haloes
around the streetlights in Paris
and what I see is an aberration
caused by old age, an affliction.
I tell you it has taken me all my life
to arrive at the vision of gas lamps as angels,
to soften and blur and finally banish
the edges you regret I don't see,
to learn that the line I called the horizon
does not exist and sky and water,
so long apart, are the same state of being.
Fifty-four years before I could see
Rouen cathedral is built
of parallel shafts of sun,
and now you want to restore
my youthful errors: fixed
notions of top and bottom,
the illusion of three-dimensional space,
wisteria separate
from the bridge it covers.
What can I say to convince you
the Houses of Parliament dissolves
night after night to become
the fluid dream of the Thames?
I will not return to a universe
of objects that don't know each other,
as if islands were not the lost children
of one great continent. The world
is flux, and light becomes what it touches,
becomes water, lilies on water,
above and below water,
becomes lilac and mauve and yellow

and white and cerulean lamps,
small fists passing sunlight
so quickly to one another
that it would take long, streaming hair 
inside my brush to catch it.
To paint the speed of light!
Our weighted shapes, these verticals,
burn to mix with air
and change our bones, skin, clothes
to gases. Doctor,
if only you could see
how heaven pulls earth into its arms
and how infinitely the heart expands 

to claim this world, blue vapor without end.



The laughter of women 

The laughter of women sets fire
to the Halls of Injustice
and the false evidence burns
to a beautiful white lightness

It rattles the Chambers of Congress
and forces the windows wide open
so the fatuous speeches can fly out

The laughter of women wipes the mist
from the spectacles of the old;
it infects them with a happy flu
and they laugh as if they were young again

Prisoners held in underground cells
imagine that they see daylight
when they remember the laughter of women

It runs across water that divides,
and reconciles two unfriendly shores
like flares that signal the news to each other

What a language it is, the laughter of women,
high-flying and subversive.
Long before law and scripture 

we heard the laughter, we understood freedom.


What the Dog Perhaps hears

If an inaudible whistle
blown between our lips
can send him home to us, 
then silence is perhaps
the sound of spiders breathing
and roots mining the earth; 
it may be asparagus heaving, 
headfirst, into the light
and the long brown sound
of cracked cups, when it happens. 
We would like to ask the dog
if there is a continuous whir
because the child in the house 
keeps growing, if the snake
really stretches full length
without a click and the sun
breaks through clouds without
a decibel of effort, 
whether in autumn, when the trees
dry up their wells, there isn't a shudder
too high for us to hear.

What is it like up there
above the shut-off level
of our simple ears?
For us there was no birth cry,
the newborn bird is suddenly here, 
the egg broken, the nest alive,
and we heard nothing when the world changed.


Love Like Salt

It lies in our hands in crystals
too intricate to decipher

It goes into the skillet
without being given a second thought

It spills on the floor so fine
we step all over it

We carry a pinch behind each eyeball

It breaks out on our foreheads

We store it inside our bodies
in secret wineskins

At supper, we pass it around the table

talking of holidays and the sea.


Alive Together

Speaking of marvels, I am alive
together with you, when I might have been
alive with anyone under the sun,
when I might have been Abelard's woman
or the whore of a Renaissance pop
or a peasant wife with not enough food
and not enough love, with my children
dead of the plague. I might have slept
in an alcove next to the man
with the golden nose, who poked it
into the business of stars,
or sewn a starry flag
for a general with wooden teeth.
I might have been the exemplary Pocahontas
or a woman without a name
weeping in Master's bed
for my husband, exchanged for a mule,
my daughter, lost in a drunken bet.
I might have been stretched on a totem pole
to appease a vindictive god
or left, a useless girl-child,
to die on a cliff. I like to think
I might have been Mary Shelley
in love with a wrong-headed angel,
or Mary's friend. I might have been you.
This poem is endless, the odds against us are endless,
our chances of being alive together
statistically nonexistent;
still we have made it, alive in a time
when rationalists in square hats
and hatless Jehovah's Witnesses
agree it is almost over,
alive with our lively children

who--but for endless ifs—
might have missed out on being alive
together with marvels and follies
and longings and lies and wishes
and error and humor and mercy
and journeys and voices and faces
and colors and summers and mornings
and knowledge and tears and chance.


Why We Tell Stories

For Linda Foster


I
Because we used to have leaves
and on damp days
our muscles feel a tug,
painful now, from when roots
pulled us into the ground

and because our children believe
they can fly, an instinct retained
from when the bones in our arms
were shaped like zithers and broke
neatly under their feathers

and because before we had lungs
we knew how far it was to the bottom
as we floated open-eyed
like painted scarves through the scenery
of dreams, and because we awakened

and learned to speak

2
We sat by the fire in our caves,
and because we were poor, we made up a tale
about a treasure mountain
that would open only for us

and because we were always defeated,
we invented impossible riddles 
only we could solve,
monsters only we could kill,

women who could love no one else

and because we had survived
sisters and brothers, daughters and sons,
we discovered bones that rose
from the dark earth and sang
as white birds in the trees

3

Because the story of our life 
becomes our life

Because each of us tells
the same story
but tells it differently

and none of us tells it
the same way twice

Because grandmothers looking like spiders
want to enchant the children
and grandfathers need to convince us
what happened happened because of them

and though we listen only
haphazardly, with one ear,
we will begin our story

with the word and



Paul Delvaux: The Village of the Mermaids


Who is that man in black, walking
away from us into the distance?
The painter, they say, took a long time
finding his vision of the world.

The mermaids, if that is what they are
under their full-length skirts,
sit facing each other
all down the street, more of an alley,
in front of their gray row houses.
They all look the same, like a fair-haired
order of nuns, or like prostitutes
with chaste, identical faces.
How calm they are, with their vacant eyes,
their hands in laps that betray nothing.
Only one has scales on her dusky dress.

It is 1942; it is Europe,
and nothing fits. The one familiar figure
is the man in black approaching the sea,
and he is small and walking away from us.



Scenic Route

For Lucy, who called them "ghost houses"


Someone was always leaving
and never coming back.
The wooden houses wait like old wives
along this road; they are everywhere,
abandoned, leaning, turning gray. 

Someone always traded
the lonely beauty
of hemlock and stony lakeshore
for survival, packed up his life
and drove off to the city.
In the yards the apple trees
keep hanging on, but the fruit
grows smaller year by year. 

When we come this way again
the trees will have gone wild,
the houses collapsed, not even worth
the human act of breaking in.
Fields will have taken over. 

What we will recognize
is the wind, the same fierce wind,

which has no history. 


Another Version


Our trees are aspens, but people
mistake them for birches;
they think of us as characters
in a Russian novel, Kitty and Levin
living contentedly in the country.
Our friends from the city watch the birds
and rabbits feeding together
on top of the deep, white snow.
(We have Russian winters in Illinois,
but no sleighbells, possums instead of wolves,
no trusted servants to do our work.)
As in a Russian play, an old man
lives in our house, he is my father;
he lets go of life in such slow motion,
year after year, that the grief
is stuck inside me, a poisoned apple
that won't go up or down.
But like the three sisters, we rarely speak
of what keeps us awake at night;
like them, we complain about things
that don't really matter and talk
of our pleasures and of the future:
we tell each other the willows
are early this year, hazy with green.



Moon Fishing


When the moon was full they came to the water.
some with pitchforks, some with rakes,
some with sieves and ladles,
and one with a silver cup.

And they fished til a traveler passed them and said,
"Fools,
to catch the moon you must let your women
spread their hair on the water --
even the wily moon will leap to that bobbing
net of shimmering threads,
gasp and flop till its silver scales
lie black and still at your feet."

And they fished with the hair of their women
till a traveler passed them and said,
"Fools,
do you think the moon is caught lightly,
with glitter and silk threads?
You must cut out your hearts and bait your hooks
with those dark animals;
what matter you lose your hearts to reel in your dream?"

And they fished with their tight, hot hearts
till a traveler passed them and said,
"Fools,
what good is the moon to a heartless man?
Put back your hearts and get on your knees
and drink as you never have,
until your throats are coated with silver
and your voices ring like bells."
And they fished with their lips and tongues
until the water was gone
and the moon had slipped away

in the soft, bottomless mud.


Five For Country Music 





I. Insomnia

The bulb at the front door burns and burns.
If it were a white rose it would tire of blooming
through another endless night. 

The moon knows the routine;
it beats the bushes from east to west
and sets empty-handed. Again the one
she is waiting for has outrun the moon. 



II. Old Money

The spotted hands shake as they polish the coins. 

The shiny penny goes under the tongue,
the two silver pieces
weighted by pyramids
will shut down the eyes. 

All the rest is paper,
useless in any world but this. 


III. Home Movie

She knows that walk, that whistle, that knock. 

It's the black wolf who sticks
his floured paw underneath the door. 

She tries not to open. One look at his face
and she'll drop the gun. He will pick it up
and turn it on her where she waits,
her eyes shining, her hands over her head. 






IV. Golden Boy

Whitewashed, the eyes refuse you. 

And so the mouth must be serene,
the muscles play, the body
take an easy stance 

to divert you from the two
boarded-up chambers

where someone has died. 



V. Washing Day

Each year her laundry line gets lighter.
One by one they disappear,
ten little Indians. They take their socks,
their jeans, their stiff plaid shirts. 

Above the Ford on its concrete blocks,
striped and zippered,

her cotton dress flutters on and on.






LISEL MUELLER (Alemania/EE. UU. - 1924).



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