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julio 09, 2017

POEMAS DE MARGE PIERCY

Foto: Jane Bown



¿De qué están hechas las chicas grandes? 

La construcción de una mujer:
una mujer no está hecha de carne,
hueso y tendón,
vientre y pechos, hígado, codos y dedos de los pies.
Se manufactura como un auto deportivo.
Se remodela, reajusta y rediseña
todas las décadas.

Cecilia en la universidad había sido la seducción misma.
Se retorcía entre las barras como una anguila de seda,
con el culo y las caderas que eran una promesa, y la boca
fruncida con el labial rojo oscuro del deseo.

Nos visitó en el 68 y todavía usaba la pollera
ajustada por la rodilla y el mismo labial rojo oscuro,
mientras en Manhattan yo bailaba en minifalda
con los labios pálidos como leche de damasco,
y el pelo suelto como las crines de una yegua. Oh, queridas,
¿Me creí superior en aquel momento,
le pasara lo que le pasara a la pobre Cecilia?
Ella estaba fuera de moda, fuera de juego,
descalificada, desdeñada, des-
membrada del club del deseo.

Miren las fotos de las revistas francesas
de moda del siglo XVIII:
el siglo de la última fantasía para damas
forjada en seda y corset.
El miriñaque les corría un metro la cadera
para cada lado, la cintura apretada,
la panza comprimida por las maderas.
Los pechos rellenos de abajo y de los costados
servidos como manzanas en un bol.
El piecito preso en una zapatilla que
jamás se pensó para caminar.
Y arriba de todo un colosal dolor de cabeza:
el pelo como pieza de museo, ornamentado
a diario con cintas, grutas y floreros,
montañas y fragatas en plena
navegación, globos y lobos, al capricho
de un peluquero suelto.
Los sombreros eran tortas de casamiento rococó
que hubieran eclipsado un striptease de Las Vegas.
He aquí a una mujer en forma
con el exoesqueleto torturándole la carne:
una mujer hecha de dolor.

¡Ahora qué superiores somos! Miren a la mujer
moderna:
delgada como cuchilla de tijera.
Corre todas las mañanas en una cinta,
se mete a gruñir y tironear
en una máquina de pesas y poleas,
con una imagen en mente a la que nunca
se podrá aproximar, un cuerpo de vidrio
rosa que nunca se arruga,
nunca crece, nunca desaparece. Se sienta
a la mesa y cierra los ojos a la comida
con hambre, siempre con hambre:
una mujer hecha de dolor.

Un perro o un gato se acercan,
se huelen el hocico. Se olfatean el culo.
Se gruñen o se lamen. Se enamoran
tan seguido como nosotras,
con la misma pasión. Pero se enamoran
o se apasionan a pelo,
sin miriñaque ni corpiño con push up
sin extirparse una costilla ni hacerse liposucción.
No es para perros, ni machos ni hembras,
que los caniches se podan
como un macizo topiario.

Si solamente pudiéramos gustarnos unos a otros en bruto.
Si solamente pudiéramos querernos a nosotras mismas
como queremos a un bebé que nos balbucea en los brazos.
Si no nos programaran y
nos reprogramaran
para necesitar lo que nos venden.
¿Por qué íbamos a querer vivir en una propaganda?
¿Por qué íbamos a querer flagelarnos las blanduras
hasta hacerlas líneas rectas como un cuadro de Mondrian?
¿Por qué nos íbamos a castigar con el desprecio,
como si tener grande el culo
fuera peor que la codicia o la maldad?

¿Cuándo vamos a dejar las mujeres de estar obligadas
a ver nuestros cuerpos como experimentos de ciencias,
como jardines que hay que desmalezar
como perros que hay que domesticar?
¿Cuándo una mujer va a dejar
de estar hecha de dolor?


Las implicancias del uno más uno

A veces colisionamos, placas tectónicas que se funden,
continentes que empujan y se derrumban en las venas
de fuego derretidas del centro de la tierra y hacen saltar
montones de rocas hasta las crestas dentadas de la Sierra.

A veces tus manos van a la deriva, caricias de la
punta de un ala como el penacho sedoso de la asclepia,
y nuestros labios pacen y una corriente de deseos se congrega
como la bruma sobre el calor del agua hasta que se hace lluvia.

A veces con fervor vamos cavando y
excavando, gruñendo y lanzando sábanas
como si fueran tierra suelta, metiendo la nariz caliente
en la carne del otro y revolcándonos.

A veces somos dos chicos sobre la colcha,
haciéndonos cosquillas en el xilofón de la columna
y chistes sucios a los gritos como un pijama party entero
que salta y rebota hasta partir la cama en dos.

Te doy vueltas y vueltas alrededor otras veces, explorando
a los tumbos, buscando una salida del laberinto de los bojes altos
en el que entro corriendo con los pulmones a punto de
estallar, rumbo a la fuente de fuego verde del corazón.

A veces te abrís de par en par como las puertas de una catedral
y me empujás adentro. A veces te deslizás
en mí como una víbora en su nido.
Y a veces entrás marchando con una banda de bronces.

Diez años de encastrar cuerpo con cuerpo
y todavía entonan cantos salvajes en nuevos tonos.
Es más y menos que amor: es ritmo,
química, magia, voluntad, y suerte.

Uno más uno es igual a uno, no se puede saber si no es
en el momento, no es traducible en palabras,
no es explicable ni filosóficamente relevante.
Pero es. Y es. Y es. Amén.



Muñeca Barbie

Esta nena nació como se suele nacer,
le ofrecieron muñecas que hacían pipí,
planchas y cocinas BGH en miniatura
y lápices labiales diminutos color caramelo de cereza.
Después, en la magia de la pubertad, una compañera dijo:
Tenés la nariz muy grande y las piernas gordas.
Era sana, probadamente inteligente,
tenía espalda y brazos fuertes,
abundante instinto sexual y destreza manual.
Andaba de acá para allá pidiendo disculpas.
Todos veían una nariz grande sobre dos piernas gordas.
Le aconsejaron que se hiciera la tímida,
la exhortaron a volverse simpática,
a hacer ejercicios y dieta, a sonreír y engatusar.
Como la correa de un ventilador, así
se le gastó el buen humor.
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Entonces se cortó la nariz y las piernas
y se las ofreció.
La exhibieron en un féretro forrado de seda
maquillada con cosméticos funerarios,
una naricita respingada,
un camisón rosa y blanco.
¿No está preciosa?, dijeron todos.
¡La consumación, era hora!
A toda mujer le llega su final feliz.


La canción del gato

Mía, dice el gato, sacando una pata de la oscuridad.
Mi amante, mi amiga, mi esclava, mi juguete, dice
el gato haciéndote sobre el pecho el gesto de exprimir
la leche de las tetas olvidadas de la madre.

Vamos a caminar al bosque, dice el gato.
Te voy a enseñar a leer el diario de los aromas,
a desaparecer entre las sombras, a esperar como espera una trampa, a cazar.
Ahora te dejo este ratón calentito en la alfombra.
Vos me alimentás, y yo intento alimentarte, dice el gato,
para eso somos amigos, aunque yo sea más imparcial.
¿Podés saltar veinte veces lo que mide tu cuerpo?
¿Podés subir y bajar corriendo de un árbol? ¿Y saltar entre los techos?

Vamos a frotarnos y a hablar de las caricias.
Tengo emociones puras como cristales de sal, igual de duras.
Como mis ojos relucen mis lujurias. A la mañana te canto
dando vueltas y vueltas por tu cama y por tu cara.

Vení, te voy a enseñar a bailar con tanta naturalidad
como dormir o caminar o estirarte largo, largo.
Con los bigotes hablo del miedo, y del orgullo con las garras.
La envidia me agita la cola. El amor me habla entero: una palabra

hecha de pelos. Yo te voy a enseñar a estar quieto como un huevo
y a deslizarte por el pasto como el fantasma del viento.


El cumpleaños del mundo

En el cumpleaños del mundo
empiezo a considerar
lo que hice y lo que dejé
sin hacer, pero este año
no hay tanta reconstrucción

de mi psiquis con daño
permanente, apuntalando amistades
erosionadas, desenterrando
tocones de antiguos resentimientos
que se niegan a arraigar por su cuenta.

No, este año me quiero llamar
a mí misma y reprenderme por
lo que hice y por lo que no hice
por la paz. ¿Cuánto me atreví
a oponerme?

¿Cuánto puse
en juego por la libertad?
¿La mía y la de los otros?
Cuando esas libertades están siendo cortadas,
rebanadas y picadas, ¿dónde

me pronuncié? ¿A quién
traté de movilizar? En
esta estación sagrada, me pongo de pie
para autocondenarme por mi pereza
en una época en que las mentiras asfixian

la mente y la retórica
obliga a la razón a arrastrar
a la boa constrictor. Aquí
me paro ante las puertas
abiertas, ante el fuego que me encandila

los ojos, y mientras me aproximo
a lo que me juzga, me juzgo
yo. Entréguenme las armas
de destrucción diminuta. Dejen que
mis palabras se transformen en chispas.


Más que suficiente

El primer lirio de junio abre la boca roja.
Por el camino de arena en el que vamos
la rosa multiflora trepa a los árboles y cae
en cascadas de flores blancas o rosas. La escena,
intensa y simple, se deja llevar como la niebla de colores.

La punta de flecha esparce sus racimos
de flores cremosas y las zarzamoras
florecen en los matorrales. Estación de
alegría para las abejas. El verde nunca más va a
volver a ser tan verde, tan puro, nuevo y

exuberante, el pasto eleva sus inflorescencias
al viento. Vino fresco y rico de junio,
en vos nos internamos tambaleando,
sucios de polen, y vencemos como la tortuga
que deposita sus huevos al costado de la ruta.



Promesas de invierno

Los tomates rozagantes como las nalgas perfectas de los bebés,
las berenjenas brillosas como guardabarros lustrados,
los ajíes impecables de neón violeta
y reluciente, las habichuelas trepadoras prolíficas
creciendo como el tallo de Jack bajo el efecto del Viagra,
grandes como ruedas de camión las zinias que el hongo
nunca marchita, las rosas colgadas
de un arbusto que el chancro jamás tocó,
los arbolitos frutales valientes que ladean
sus adornos inmaculados de frutas de vidrio:

estoy acostada en el sofá cubierta
de catálogos de semillas queriendo comprar
demasiadas.  Por la ventana cae
aguanieve y un viento ribeteado de
cuchillos de hielo se mete por cada hendija.
Miéntanme, jardineros:
Quiero creer en todas las promesas,
creer en tomates de dos kilos
y en dalias más brillantes que el sol
que se comió la escarcha hace unos días.



El amigo

Nos sentamos uno de cada lado de la mesa.
él dijo: cortate las manos.
siempre están robando algo.
tendrían  que tocarme.
Dije que sí.

La comida se enfriaba en la mesa.
él me dijo: quemate el cuerpo.
no está limpio y tiene olor a sexo.
Me confunde la cabeza y me hace doler.
Dije que sí.

Te amo, me dijo.
Es muy lindo, dijo.
Me gusta que me ames,
me hace feliz.
¿Ya te cortaste las manos, no?



Los colores que nos atraviesan

Morado como los tulipanes de mayo, malva
en el terciopelo suntuoso, morado
como las manchas que dejan las moras
en los labios, y en las manos,
el morado de las uvas maduras
soleado y tibio como la carne.

Todos los días voy a darte un color, 
como si pusiera una flor en un florero
encima de tu escritorio.
Todos los días
te voy a pintar, como se pintan 
las mujeres entre ellas 
con henna las manos y los pies.

Rojo como el henna, como la canela,
como las ascuas después de que el fuego se amontona,
como el cardenal en su comedero
y las rosas que caen de la glorieta
con su peso inclinando las maderas
o el rojo del jarabe que preparo con los pétalos.

Naranja como la fruta perfumada
que cuelga sus globos del árbol resplandeciente,
naranja como las calabazas en la tierra,
como las asclepias y las mariposas monarca
que vienen a alimentarse de ellas, naranja como mi
gato que corre ágil por el pasto crecido.

Amarillo como los ojos sabios y bellacos de una cabra.
Amarillo como una colina de narcisos,
amarillo como los dientes de león en la ruta,
amarillo como la manteca y la yema de huevo,
amarillo como el micro escolar que para delante tuyo
amarillo como un impermeable abajo del chaparrón.

Acá está mi ramo, acá hay por cada cosa 
que hacés y en la que me hacés pensar
una canción,  acá está la plegaria
indirecta a tu altura, a tu profundidad
y también a tu amplitud.

Acá está mi caja de crayones nuevos a tus pies.

Verde como la jalea de menta, verde
como una rana sobre el temblor de un nenúfar,
el verde de la lechuga romana, erguida,
a punto de huir de su torre opulenta,
verde como el Grand Chartreuse en un vaso
transparente, verde como las botellas de vino.

Azul como las violetas, los delfinios,
la centáurea.
Azul como el roquefort,
como la Saga,
como el agua quieta.

Azul como los ojos de un gato siamés.

Azul como las sombras en la nieve reciente, como el cielo
de la primavera que toma de un charco en el asfalto.
Cobalto como el cielo a medianoche
cuando el día se va sin dejar huella
y nos quedamos, una en brazos de la otra,
con los ojos cerrados y los dedos abiertos
y todos los colores del mundo pasan
a través de nuestros cuerpos como si fueran cuerdas de fuego.



Versiones en castellano de Sandra Toro.


What Are Big Girls Made Of? 

The construction of a woman:
a woman is not made of flesh 
of bone and sinew 
belly and breasts, elbows and liver and toe. 
She is manufactured like a sports sedan. 
She is retooled, refitted and redesigned 
every decade. 
Cecile had been seduction itself in college. 
She wriggled through bars like a satin eel, 
her hips and ass promising, her mouth pursed 
in the dark red lipstick of desire. 

She visited in '68 still wearing skirts 
tight to the knees, dark red lipstick, 
while I danced through Manhattan in mini skirt, 
lipstick pale as apricot milk, 
hair loose as a horse's mane. Oh dear, 
I thought in my superiority of the moment, 
whatever has happened to poor Cecile? 
She was out of fashion, out of the game, 
disqualified, disdained, dis- 
membered from the club of desire. 

Look at pictures in French fashion 
magazines of the 18th century: 
century of the ultimate lady 
fantasy wrought of silk and corseting. 
Paniers bring her hips out three feet 
each way, while the waist is pinched 
and the belly flattened under wood. 
The breasts are stuffed up and out 
offered like apples in a bowl. 
The tiny foot is encased in a slipper 
never meant for walking. 
On top is a grandiose headache: 
hair like a museum piece, daily 
ornamented with ribbons, vases, 
grottoes, mountains, frigates in full 
sail, balloons, baboons, the fancy 
of a hairdresser turned loose. 
The hats were rococo wedding cakes 
that would dim the Las Vegas strip. 
Here is a woman forced into shape 
rigid exoskeleton torturing flesh: 
a woman made of pain. 

How superior we are now: see the modern woman 
thin as a blade of scissors. 
She runs on a treadmill every morning, 
fits herself into machines of weights 
and pulleys to heave and grunt, 
an image in her mind she can never 
approximate, a body of rosy 
glass that never wrinkles, 
never grows, never fades. She 
sits at the table closing her eyes to food 
hungry, always hungry: 
a woman made of pain. 

A cat or dog approaches another, 
they sniff noses. They sniff asses. 
They bristle or lick. They fall 
in love as often as we do, 
as passionately. But they fall 
in love or lust with furry flesh, 
not hoop skirts or push up bras 
rib removal or liposuction. 
It is not for male or female dogs 
that poodles are clipped 
to topiary hedges. 

If only we could like each other raw. 
If only we could love ourselves 
like healthy babies burbling in our arms. 
If only we were not programmed and reprogrammed 
to need what is sold us. 
Why should we want to live inside ads? 
Why should we want to scourge our softness 
to straight lines like a Mondrian painting? 
Why should we punish each other with scorn 
as if to have a large ass
were worse than being greedy or mean?

When will women not be compelled
to view their bodies as science projects,
gardens to be weeded,
dogs to be trained?
When will a woman cease
to be made of pain?


Implications of One Plus One


Sometimes we collide, tectonic plates merging, 
continents shoving, crumpling down into the molten 
veins of fire deep in the earth and raising 
tons of rock into jagged crests of Sierra. 

Sometimes your hands drift on me, milkweed's 
airy silk, wingtip's feathery caresses, 
our lips grazing, a drift of desires gathering 
like fog over warm water, thickening to rain. 

Sometimes we go to it heartily, digging, 
burrowing, grunting, tossing up covers 
like loose earth, nosing into the other's 
flesh with hot nozzles and wallowing there. 

Sometimes we are kids making out, silly 
in the quilt, tickling the xylophone spine, 
blowing wet jokes, loud as a whole 
slumber party bouncing till the bed breaks. 

I go round and round you sometimes, scouting, 
blundering, seeking a way in, the high boxwood 
maze I penetrate running lungs bursting 
toward the fountain of green fire at the heart. 

Sometimes you open wide as cathedral doors 
and yank me inside. Sometimes you slither 
into me like a snake into its burrow. 
Sometimes you march in with a brass band. 

Ten years of fitting our bodies together 
and still they sing wild songs in new keys. 
It is more and less than love: timing, 
chemistry, magic and will and luck. 

One plus one equal one, unknowable except 
in the moment, not convertible into words, 
not explicable or philosophically interesting. 
But it is. And it is. And it is. Amen.



Barbie Doll 

This girlchild was born as usual
and presented dolls that did pee-pee
and miniature GE stoves and irons
and wee lipsticks the color of cherry candy.
Then in the magic of puberty, a classmate said:
You have a great big nose and fat legs. 

She was healthy, tested intelligent,
possessed strong arms and back,
abundant sexual drive and manual dexterity.
She went to and fro apologizing.
Everyone saw a fat nose on thick legs. 

She was advised to play coy,
exhorted to come on hearty,
exercise, diet, smile and wheedle.
Her good nature wore out
like a fan belt.
So she cut off her nose and her legs
and offered them up. 

In the casket displayed on satin she lay
with the undertaker's cosmetics painted on,
a turned-up putty nose,
dressed in a pink and white nightie.
Doesn't she look pretty? everyone said.
Consummation at last.
To every woman a happy ending.

The Cat's Song


Mine, says the cat, putting out his paw of darkness. 

My lover, my friend, my slave, my toy, says 
the cat making on your chest his gesture of drawing 
milk from his mother's forgotten breasts. 

Let us walk in the woods, says the cat. 
I'll teach you to read the tabloid of scents, 
to fade into shadow, wait like a trap, to hunt. 
Now I lay this plump warm mouse on your mat. 

You feed me, I try to feed you, we are friends, 
says the cat, although I am more equal than you. 
Can you leap twenty times the height of your body? 
Can you run up and down trees? Jump between roofs?

Let us rub our bodies together and talk of touch. 
My emotions are pure as salt crystals and as hard. 
My lusts glow like my eyes. I sing to you in the mornings
walking round and round your bed and into your face. 

Come I will teach you to dance as naturally 
as falling asleep and waking and stretching long, long. 
I speak greed with my paws and fear with my whiskers. 
Envy lashes my tail. Love speaks me entire, a word 

of fur. I will teach you to be still as an egg 
and to slip like the ghost of wind through the grass. 


More Than Enough

The first lily of June opens its red mouth. 
All over the sand road where we walk 
multiflora rose climbs trees cascading 
white or pink blossoms, simple, intense 
the scene drifting like colored mist. 

The arrowhead is spreading its creamy 
clumps of flower and the blackberries 
are blooming in the thickets. Season of 
joy for the bee. The green will never 
again be so green, so purely and lushly 

new, grass lifting its wheaty seedheads 
into the wind. Rich fresh wine 
of June, we stagger into you smeared 
with pollen, overcome as the turtle 
laying her eggs in roadside sand.


The birthday of the world

On the birthday of the world 
I begin to contemplate 
what I have done and left 
undone, but this year 
not so much rebuilding

of my perennially damaged 
psyche, shoring up eroding 
friendships, digging out 
stumps of old resentments 
that refuse to rot on their own.

No, this year I want to call 
myself to task for what 
I have done and not done 
for peace. How much have 
I dared in opposition?

How much have I put 
on the line for freedom? 
For mine and others? 
As these freedoms are pared, 
sliced and diced, where

have I spoken out? Who 
have I tried to move? In 
this holy season, I stand 
self-convicted of sloth 
in a time when lies choke

the mind and rhetoric 
bends reason to slithering 
choking pythons. Here 
I stand before the gates 
opening, the fire dazzling

my eyes, and as I approach 
what judges me, I judge 
myself. Give me weapons 
of minute destruction. Let 
my words turn into sparks.


Winter Promises

Tomatoes rosy as perfect baby's buttocks, 
eggplants glossy as waxed fenders, 
purple neon flawless glistening 
peppers, pole beans fecund and fast 
growing as Jack's Viagra-sped stalk, 
big as truck tire zinnias that mildew 
will never wilt, roses weighing down 
a bush never touched by black spot, 
brave little fruit trees shouldering up 
their spotless ornaments of glass fruit: 

I lie on the couch under a blanket 
of seed catalogs ordering far 
too much.
 Sleet slides down 
the windows, a wind edged 
with ice knifes through every crack.
Lie to me, sweet garden-mongers: 
I want to believe every promise, 
to trust in five pound tomatoes 
and dahlias brighter than the sun 
that was eaten by frost last week.


The friend

We sat across the table. 
he said, cut off your hands. 
they are always poking at things. 
they might touch me. 
I said yes. 

Food grew cold on the table. 
he said, burn your body. 
it is not clean and smells like sex. 
it rubs my mind sore. 
I said yes. 

I love you, I said. 
That’s very nice, he said 
I like to be loved, 
that makes me happy. 
Have you cut off your hands yet?



Colors Passing Through Us

Purple as tulips in May, mauve 
into lush velvet, purple 
as the stain blackberries leave 
on the lips, on the hands, 
the purple of ripe grapes 
sunlit and warm as flesh.
Every day I will give you a color, 
like a new flower in a bud vase 
on your desk.
 Every day 
I will paint you, as women 
color each other with henna 
on hands and on feet.

Red as henna, as cinnamon, 
as coals after the fire is banked, 
the cardinal in the feeder, 
the roses tumbling on the arbor 
their weight bending the wood 
the red of the syrup I make from petals.

Orange as the perfumed fruit 
hanging their globes on the glossy tree, 
orange as pumpkins in the field, 
orange as butterflyweed and the monarchs 
who come to eat it, orange as my 
cat running lithe through the high grass.

Yellow as a goat's wise and wicked eyes, 
yellow as a hill of daffodils, 
yellow as dandelions by the highway, 
yellow as butter and egg yolks, 
yellow as a school bus stopping you, 
yellow as a slicker in a downpour.

Here is my bouquet, here is a sing 
song of all the things you make 
me think of, here is oblique 
praise for the height and depth 
of you and the width too.
Here is my box of new crayons at your feet.

Green as mint jelly, green 
as a frog on a lily pad twanging, 
the green of cos lettuce upright 
about to bolt into opulent towers, 
green as Grand Chartreuse in a clear 
glass, green as wine bottles.

Blue as cornflowers, delphiniums, 
bachelors' buttons.
 Blue as Roquefort, 
blue as Saga.
 Blue as still water.
Blue as the eyes of a Siamese cat.
Blue as shadows on new snow, as a spring 
azure sipping from a puddle on the blacktop.

Cobalt as the midnight sky 
when day has gone without a trace 
and we lie in each other's arms 
eyes shut and fingers open 
and all the colors of the world 
pass through our bodies like strings of fire.



MARGE PIERCY (EE. UU., 1936)









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